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El técnico de sonido
Marcel Beyer Una revisitación del nazismo, de sus horrores y tragedias, vista desde el punto de vista de sus voces. De las arengas y los mítines. por Luis Fonseca En El técnico de sonido la esvástica una vez reluciente yace ahora herrumbrosa. De la mano de este escritor alemán asistimos a los últimos meses de la guerra, al destino final del Reich, al del propio Hitler desquiciado y al de los seis hijos de Goebbels. Se trata de un nuevo ejemplo de la periódica confrontación histórica con el pasado a la que los alemanes se ven obligados por prescripción facultativa para exorcizar la fascinación por un ideario que la Historia ha colocado por derecho propio en el sumun de la perfidia: un falso humanismo idólatra y fatalmente narcisista que obligó a la autoamputación a sangre y fuego de una porción de la psique europea, la de su cacareada superioridad cultural y moral, y cuyos cosquilleos del síndrome del miembro ausente aún aparecen de vez en cuando en el ‘mundo libre’. Tiene esta novela un curioso protagonista, uno muy poco al uso: el sonido. Y para realzarlo las acciones se desarrollan en un ambiente físicamente y moralmente oscuro. Hasta el propio papel jugado por el sonido es más bien tétrico: sonorización técnica, jerárquica, adoctrinadora, grabaciones espeluznantes, efectos sonoros en mítines multitudinarios, manipulación médica del aparato fonador... Ese desapacible mundo sónico está poblado por personajes adultos faltos de empatía, o dotados como mucho de una empatía muy tamizada, escasamente circunscrita a animales en general, y a zorros voladores y niños, en particular. Pero esa cínica visión no es la única presente en el libro. Ya que hablamos de sonido podemos hablar también de voces, y a este respecto la novela se estructura con arreglo a una doble voz narrativa en busca de un deliberado contraste. Por un lado, la de Karnau, un personaje con extrañas inquietudes, que va a ejercer como notario sonoro de los últimos meses de la agonía alemana en los diferentes frentes internos y externos, y, por otro, la voz preadolescente de Helga, la mayor de los hijos de Goebbels, a cuyo inexorable destino el autor confía el cierre dramático de la novela. En cuanto a la historia, no existe una como tal. Más bien nos enfrentamos a una amalgama de secuencias (algunas descarnadamente descritas desde la gélida introspección intelectual de algunos de los protagonistas) a la que apenas consigue dar unidad la alternancia de voces empleada. Esto provoca cierto grado de insatisfacción desde un punto de vista novelístico, pues ante la falta de pistas renunciamos a reconocer la historia que quizá quieran contarnos para pasar a ponderar las reacciones que nos provoca lo que leemos, lo que suele conllevar el agravante de que la consideración final del libro depende más de los bagajes del lector que de los del propio autor. De las dos líneas argumentales, la trama protagonizada por Helga y sus hermanos es la más lógica y asequible para el lector: asistimos con sus ojos a la claudicación moral del mundo adulto a todos los niveles, al derrumbe de la propia moral de guerra cuando la derrota se aparece como inminente, a la destrucción de su privilegiado hábitat infantil de niños privilegiados: de cien a cero en unos días, y a su condenación, sus nulas posibilidades de supervivencia, su candidatura a la inmolación por su condición de símbolos. La historia de Helga y sus hermanos, muy bien contada, sufre sin embargo por el emborronamiento del final de las criaturas que conduce a un falso climax, con su multiplicidad de versiones y con el misterio de la autoría de la grabación apócrifa de su última noche que ni resuelve ni aporta nada. En ese mismo mundo desahuciado, la secuencia de Karnau es, en cambio, más atípica y deslavazada. Circunstancias especiales, y esas afortunadas casualidades que solo se dan en la realidad y en la mala literatura, lo van a poner en relación con el responsable de la propaganda del partido nazi y posteriormente con un ‘higienista’ de las SS con el que colaborará en la aproximación científica de la germanización idiomática de los pueblos ocupados. En contrapunto con la historia de Helga, y a pesar de ocasionales y sucintos momentos de ternura, el discurrir de la historia de Karnau hace gala de un discurso acerado, frío como la luz de una pesadilla y desnudo como el lenguaje forense de una autopsia. Hablando del discurso empleado, literariamente también se alternan aciertos y fracasos, momentos de gran concisión que erizan el vello con pasajes más áridos, de extraña construcción (no sé si debidos a la asperidad del original o a la de la traducción) y con un uso compulsivo de los dos puntos. En definitiva, quizá más que ante una novela convencional nos encontremos ante un ejercicio de estilo y, en el mejor de los casos, ante un ejercicio de evocación emocional. Una novela que como mejor funciona es como alegoría de la actitud alemana durante la guerra, fatalmente egocéntrica y ausente, el sentido común colectivamente extraviado. Una actitud mezcla de la frialdad intelectual de unos, que desemboca en un racionalismo antiempático al servicio de la búsqueda de una trascendencia histórica, con la inocencia infantil y la confianza ciega de aquellos otros se ponen acríticamente al cuidado de los primeros. © Luis Fonseca 2002
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