Demonios, brujas, científicos locos... todo ellos se dan cita en una serie delirante de cuentos que reflejan una visión del fantástico en la España del siglo XIX. Sin pretensiones literarias, y quizá por ello bien anclados en la literatura, sus autores dejan volar la imaginación sin dejarse atar por ninguna regla.
por Xavier Riesco Riquelme
[intro]La literatura española[fintro] se ha caracterizado casi proverbialmente por un increíble apego al realismo desde el siglo XIX, situación incomoda que algunos antologistas siempre han tratado de remediar escarbando pacientemente en el baúl de los recuerdos y en las obras fantásticas consideradas menores de algunos autores insignes (me viene a la mente Galdós, por ejemplo). Sin embargo esta antología en particular tiene un espíritu un poco diferente: ya habiendo quien se interesa por lo fantástico presente en la literatura española, (editoriales como Valdemar rescatan cosas así), lo que quedaba era una incursión en lo deliberada o inocentemente desquiciado, tal y como apunta Ildefonso Salán Villasur – recopilador, introductor y anotador- este libro es un descenso a los peores excesos del romanticismo trasnochado pasado por el tamiz de lo patrio, la picaresca en clave brujeril, el cuento humorístico con demoniejos, Don Juán en actitud de saqueador de cementerios, en suma: lo demente, desquiciado, excesivo, retorcido y… extrañamente divertido a pesar de la intención original de los autores. Lo trastornado, vamos, como muy bien define la portada de esta obra. No hay nada que pueda añadir a la magnífica labor de introducción del anteriormente mencionado Ildefonso Salán, quien clasifica y distribuye los cuentos de este volumen haciendo un análisis muy completo de sus circunstancias, fuerzas y flaquezas. Para empezar Manuel Jorreto nos presenta un tema moral en “El esqueleto vivo” de inspiración quasi bíblica en el que el primer párrafo presenta un chiste involuntario (o no) que determina el tono grotesco de la narración a continuación. “Un crimen científico” de José Fernández Bremón coge el [c]scientific romance[fc] del siglo XIX y lo convierte en terreno para la mala leche patria con su historia de un oculista ocupando el lugar de un científico loco al uso. “Gestas, o el idioma de los monos” es una sátira social con un cierto eco a lo Swift por el mismo autor anterior y que posiblemente sea de lo mejor del volumen. Vicente Rubio Y Díaz presenta en “Adelina” la forma en la cual la inspiración romántica acabó derivando en la sensibilidad gótica en un cuento lleno de ecos (tanto literales como intertextuales), mientras que Carlos Mejía de la Cerda nos lleva a un relato de humor delirante y desquiciado con “La Nariz de mi Mujer”. Y uno de los platos fuertes de esta libro es el cometido (si, creo que ese es el verbo exacto “cometido”) por Eugenio de Ochoa con “Hilda”, donde los peores lugares comunes del romanticismo mal digerido se dan cita en pocas páginas. No tiene desperdicio, en serio; “arcaizante” (cita textual) es poco, “trasnochado” le sienta mejor. En cualquier recopilación medianamente extensa de literatura popular, termina por aparecer un autor como el siguiente: Anonimo. Desidia, los estragos del tiempo o pocas ganas de firmar algo considerado poco serio son lo que producen este tipo de relato, en el que la ausencia de autor identificable lo acerca más a la tradición popular oral que al del libro escrito. Y es que en “Las brujas de Barahona y la Castellana de Arbaizal” se encuentran elementos de todas esas cosas, desde la localización real y adornada de mitos populares al narrador socarrón –reminiscente de la picaresca. Otra pequeña joya un poco densa en el uso de la palabra pero entretenida. Y ya cercanos al disparate más popular, “El hombre gato” de Emilio Ferraz se las arregla en pocas páginas para elaborar un despropósito surrealista de una simplicidad envidiable. A continuación Juan Tomás Salvany retoma el mito del pacto fáustico para dotarlo de un curioso componente humorístico que también me temo no es del todo voluntario en “Los estornudos del diablo”, sin embargo el relato es meritorio a su manera porque describe perfectamente las pasiones del alma humana, incluyendo aquellas generadas por una pituitaria en exceso sensible. José Hevia Vicente construye en “El abuelito” un relato de ambiente turbador, con apuntes naturalistas más que realistas. El uso del dialogo en este relato es lo que mejor contribuye a la atmósfera de desasosiego que lo inunda, otra obra rescatada del olvido y que se merece volver a ser leída. Gaspar Núñez de Arce narra Sancho Gil sin ningún pudor: hace un cuento de raíces populares a la manera popular de desarrollo, aunque con una prosa algo más sofisticada de lo habitual; brujas, jóvenes y gallardos mancebos y mozas desgraciadas son los elementos principales de este relato. La introducción al autor muestra las influencias de la literatura francesa y europea en general en el mismo, lo que explica el asunto de la prosa al que me refería antes. Tomando elementos más conocidos de la literatura, Luis García de Luna nos devuelve a la vida la figura del crápula español, el calavera o noble de varios vicios y su caída en las redes de la condenación eterna (muy afín a “Los estornudos del Diablo” en cuanto presenta al demonio tentador como mujer), relato además ambientado en la Sevilla de más enjundia. A continuación otro de los relatos más sobresalientes de este libro, a cargo de Ildefonso Ovejas, quien escribió con lo que humildemente se puede llamar maestría. Lejos del exceso involuntario, “La atanasia” es una obra maestra de humor y mala leche, amén de un soberbio ejercicio de estilo al contar unas cuantas andanzas de lo más españolas –bandoleros, muertes familiares y desventuras serranas- a la manera de un cuento orientalizante que casi parece extraído de “Las mil y una noches”, un cuento impecable y que aún hoy en día rezuma sarcasmo. Antonio Ros de Olano compone “Maese Cornelio Tácito”, en el que un narrador con un desafío vertical nos cuenta un extraño triángulo (posiblemente amoroso) en el que además interviene un desventurado cuervo. Y otra de las joyas ocultas rescatadas en este volumen es “Amor paternal”, donde según el prologuista se encuentran ecos de Quevedo, y yo no soy quien para negarlo. Miguel de los Santos Álvarez nos presenta un personaje terrible en un cuento de ácido humor que solo se me ocurre compararlo con lo más bestia de Saki. Cierra el libro “Hombres y animales” de Carlos Coello, cuento que a estas alturas remite tanto a “Gesta, o el idioma de los monos” como a “Un crimen científico”. Un aparentemente desapasionado narrador que resulta en realidad estar usando un tono sarcástico se burla mediante la aparente admiración de los esfuerzos de un hombre de ciencia inglés por traspasar las barreras entre hombres y animales. Es resumen, este recopilatorio es una [c]rara avis[fc], puesto que no pretende elevar la casi inexistente (o al menos, eso se dice) literatura fantástica decimonónica española a los altares de la respetabilidad, sino más bien mostrarnos algunos de los monstruos que produce el sueño de la razón, divertirnos mediante la contemplación de un pasado menos serio de lo que aparenta, y además nos descubre un par de joyas injustamente olvidadas. Muy recomendable.© Xavier Riesco Riquelme 2002
Este texto no puede reproducirse sin permiso.
Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.
Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.