El más célebre detective londinense debe adentrarse en el Shanghai de los años treinta (en plena guerra chino-japonesa) para enfrentarse al único caso que le resulta imposible de resolver.
por María Castro
[intro]Kazuo Ishiguro es[fintro] un relativamente joven (48 años) escritor inglés nacido en Nagasaki cuya trayectoria ha estado marcada desde el principio por el éxito; sus dos primeras novelas obtuvieron sendos premios literarios, con la tercera, [obra]Los restos del día[fobra], además de obtener el Booker logró interesar a ese gran adaptador de clásicos, James Ivory, quien la convirtió en una espléndida película ([obra]Lo que queda del día[fobra]), consiguiendo transmitir, gracias a un magnífico guión y a una acertada selección de actores, la peculiar atmósfera de la novela, "de clarooscuros" como fue plásticamente definida por David Lodge. Con su cuarta novela, [obra]Los inconsolables[fobra], Ishiguro parece iniciar una nueva etapa, al menos en lo que a tratamiento de la realidad se refiere, adentrándose en el terreno de lo fantástico, que hasta entonces había aparecido sutilmente en otras de sus obras, a través sobre todo de escenas de factura onírica, pero que aquí se va apropiando poco a poco de la novela hasta conseguir envolvernos en un ambiente pesadillesco cuya lógica, como la de los sueños, nos trastorna precisamente por servirse de la realidad para transformarla en algo leve pero al mismo tiempo radicalmente diferente. Tenga que ver o no con la mayor presencia en ella de lo fantástico, lo cierto es que esta obra no obtuvo el mismo reconocimiento por parte de la crítica que las anteriores, lo cual no pareció importar demasiado al escritor que en su última novela sigue, aunque de forma un tanto distinta, por los mismos derroteros, con un estilo que a estas alturas es perfectamente distinguible para sus lectores. [obra]Cuando fuimos huérfanos[fobra] transcurre en su mayor parte en el periodo de entreguerras, en dos escenarios diferentes, Londres y Shangai. El protagonista, Christopher Banks, es un recién graduado que inicia su carrera como detective, su más íntima y poderosa ambición desde que siendo un niño y residiendo en la colonia internacional de Shangai, sus padres desaparecen misteriosamente, probablemente a causa de sus actividades en relación con el tráfico de opio. A medida que Banks va consiguiendo un éxito tras otro en su carrera, aumenta su obsesión por conocer qué se esconde detrás de la desaparición de sus padres y empieza a percibir señales inequívocas de que todo el mundo parece esperar de él que resuelva el gran misterio que se oculta tras su propia vida y no sólo eso, sino que, de alguna extraña manera, todos parecen convencidos de que el suceso acaecido a sus padres guarda una estrecha relación con la tensión que se vive en China, origen a su vez de la preocupante situación por la que atraviesa Europa. Así pues, él, que ha dedicado su vida a combatir el mal en todas sus manifestaciones, se ve obligado a acudir a Shangai, donde es recibido por los ciudadanos ingleses de la colonia internacional como un auténtico salvador. No hay que olvidar que la mayor parte de los narradores de las obras de Ishiguro no son demasiado fiables en cuanto a la percepción que tienen de sí mismos y del mundo del que forman parte y Cristopher Banks no es en este sentido una excepción. Junto a sus dubitativas rememoraciones del pasado (la utilización de la memoria como creadora de confusión es una de las constantes en la obra del escritor), nos encontramos con un contraste marcado entre lo que el detective nos dice de sí mismo y aquello que dan la impresión de opinar los demás; de hecho el narrador se muestra una y otra vez sorprendido por la imagen que las personas de su pasado parecen tener de él, lo cual no deja de resultar curioso en un detective célebre por sus intuiciones y su capacidad resolutiva. Todo ello nos lleva a percibir desde el principio un cierto halo de irrealidad flotando sobre los acontecimientos, que se van deslizando hacia el absurdo cuando la novela cambia de escenario hacia el populoso y confuso Shangai. En efecto, en un Shangai metido de lleno en la guerra chino-japonesa el detective no cesa de movilizar todos los recursos disponibles en la cada vez más irreal búsqueda de unos padres que supone secuestrados y retenidos en la misma casa desde hace dieciocho años. Dicha suposición en realidad tiene su origen en la trama que de forma cuidadosa él y su gran amigo de la infancia Akira (un niño japonés residente como él en la colonia internacional) elaboraron a raíz de la desaparición de su padre, cuyo rescate pasó a formar parte de las historias de detectives que ambos escenificaban una y otra vez en sus juegos infantiles. Y así la brecha entre la inmadura e ingenua mirada de Banks y la realidad que se expone a dicha mirada se va ampliando a medida que la narración se adentra en el verdadero Shangai, al tiempo que se nos va revelando la inconsistencia de su propia personalidad. Cristopher Banks vive en un mundo irreal, el mundo aparentemente ordenado y perfecto de la infancia, donde las cosas son lo que parecen y, al igual que otros protagonistas de las historias de Ishiguro, se esfuerza por reconstruir un pasado inexistente y dedica gran parte de su vida adulta a dotar de orden, de algún sentido a lo que le rodea, aferrándose a principios y valores que, demasiado tarde, se revelan como vacíos de significado real. Al igual que ocurría en [obra]Los inconsolables[fobra] Banks se ha impuesto la absurda tarea de redimir al mundo; se siente abrumado ante la carga que siente que otros han puesto sobre sus hombros y, en última instancia, se muestra incapaz no sólo de entender quienes son esos otros, sino incluso de salvarse a sí mismo. En un final desolador, que por supuesto no desvelaré, el detective descubre lo que realmente se oculta tras su regalada vida, al igual que comprende por fin la cara oscura del civilizadísimo y cristiano imperio inglés. Creo que estamos ante una novela que será valorada de forma diferente en función del conocimiento que se tenga de la obra anterior de su autor. Para mí que he leído sus libros con el entusiasmo que se siente ante un nuevo descubrimiento, reconozco que ésta ha supuesto una cierta decepción, debido precisamente a lo mucho que me recuerda a sus novelas anteriores. Hay momentos a lo largo de la lectura en que se tiene la impresión de estar leyendo una especie de collage compuesto por diferentes retazos de las mismas y a pesar de que algunas de las piezas que lo componen nos muestran lo mejor de cada una de ellas, acaba por provocar una sensación de falta de coherencia interna que se va intensificando a medida que se avanza en el relato. Aunque posiblemente sea cierto que todos los escritores escriben una y otra vez el mismo libro, creo detectar en Ishiguro (al igual que me sucede con algunos otros novelistas actuales) cierta incapacidad para salirse de las limitaciones que su propio estilo le acaba imponiendo. Posiblemente es un estilo que encuentra su máxima capacidad expresiva en la novela corta y que pierde fuelle al aumentar el número de páginas. A pesar de lo dicho sigo pensando que Kazuo Ishiguro es un gran escritor y que [obra]Cuando fuimos huérfanos[fobra], aunque no sea una obra redonda, se presta a una lectura más que placentera.© María Castro 2002
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