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Ladrona de medianoche
Nalo Hopkinson Una recreación de toda una cultura normalmente ignorada. Una voz narrativa firmemente anclada en esa cultura. Una novela que trata el problema racial desde otro punto de vista. Unas de las peores críticas que se le puede hacer al género de la ciencia ficción – y dolorosa porque es verdad- es que hunde sus raíces e una literatura dominada por dos factores: hombres y blancos. Pero claro, la parte curiosa del asunto es que en realidad toda la Gran Literatura (nótese las mayúsculas) de la mayor parte de los países occidentales se haya dominada por esas dos palabras desde su principio. Éste al menos es el punto de vista de la llamada crítica literaria postcolonial, que se ocupa de un fenómeno curioso: el de la apropiación por parte de determinados sectores periféricos de los modos artísticos y literarios y hasta del lenguaje las antiguas elites coloniales. Mayormente, cómo escriben novelas los hindúes, pakistaníes, árabes, caribeños, africanos o cualquier otro miembro de la llamada periferia. El mencionado fenómeno funciona gracias precisamente al predominio cultural de la antigua metrópolis en muchas ocasiones, o gracias a la existencia de una vigorosa emigración hacía los antiguos núcleos de poder (el centro) y del constante intercambio de lenguaje entre la anteriormente mencionada periferia y el centro. Un ejemplo muy citados de esa transculturalidad es la obra del escritor de origen pakistaní Hanif Kureishi y su visión del Londres multicutural y multirracial, o, más cercano al género y mejor ejemplo para lo que nos ocupa, el hindú Amitav Ghosh con El cromosoma Calcuta, obra que no solo se apropia del lenguaje del dominador (el inglés), de una forma canónica (la novela), sino que además le devuelve la pelota a los propios inventores del Scientific Romance con una obra intensa sobre exploración y ciencia en el límite de la periferia. Pese a todo, hay que romper una lanza a favor del género al haber albergado en su seno figuras curiosas, que van desde la contracultural a lo abiertamente militante en cuestiones de sexo, género y raza, (así como otras figuras mucho más polémicas en su reacción a esos temas). Samuel R. Delany o Ursula K. Le Guin me vienen a la mente cuando se menciona, por ejemplo, la postura crítica y literaria o los gender issues que han ocupado gran parte de la literatura moderna y como se han reflejado estos movimientos en el propio género. Quizá a esto habrá que sumarles el nombre de Nalo Hopkinson, que se convierte automáticamente en un magnífico exponente de la corriente postcolonial que he mencionado arriba, arrancando su novela con una extraordinaria declaración de principios gracias a la cita de un poema de David Findlay (“Stolen Song”) en el que se recogen de manera indirecta los puntos que he mencionado arriba: la lenguas del torturador que menciona Findlay es evidentemente la lengua de los esclavistas que son los responsables directos e indirectos de la cultura caribeña que Nalo Hopkinson, mujer y negra en oposición a los que fueron durante mucho tiempo amos dominantes; describe, mutada y traslada, en su novela. [otra]Ladrona de medianoche es la historia de una niña. Una niña que vive en el planeta Toussaint, colonizado por emigrantes de origen caribeño, y cuyo más bien trágico destino, provocado por un padre celoso y una madre infiel, la llevará a otro mundo mucho más inhóspito (y poblado mayormente por criminales condenados) en el que se convertirá en leyenda, amén de conocer a una raza alienígena y sufrir la persecución de su propia comunidad. Bueno, más o menos. Porque en realidad Ladrona de medianoche no es una novela al uso sobre aventuras y desgracias, sino un curioso experimento literario sobre el poder mitopoético de las culturas y la forma que tienen estas de imponer sus patrones sobre la realidad, entre otras cosas. La intención de Hopkinson parece estar muy clara en muchas ocasiones: competir con el predomino cultural occidental –europeo- a la hora de crear ficciones sobre tecnología, dioses y leyendas que nacen de la adaptación a ambientes extraños o de los conflictos personales de un grupo de personas que luego son magnificados por el colectivo añadiéndole una grandeza a posteriori que nunca tuvieron. Hopkinson usa varias veces las estrategias de la Periferia: primero convirtiéndola en Centro, creando una cultura tecnológica cuyos orígenes y nomenclatura no son europeos, para varias. Ancestrales dioses africanos ocupan el lugar que normalmente le concedemos a los griegos o romanos. Y luego crea la periferia de ese centro otra vez, exiliando a su protagonista a otra periferia en la que, a su vez, conocerá a otro grupo que vive al margen (los douens, los habitantes de “Árbol a Medio Camino”, el planeta prisión) y contra el que los exiliados cometen (aunque en mucha menos medida) algunos de los crímenes que originariamente fueron cometidos contra la gente que colonizó Toussaint: servidumbre, negación del derecho a ser persona, alienación… Un juego de espejos cultural muy bien llevado. La segunda característica de esta novela está en el uso de la voz narradora. Toda la historia está contada por un narrador (o narradora, más bien) que se dirige al lector en todo momento, usando el lenguaje criollo subversor que Hopkinson usa como elemento de construcción de su novela. En determinados momentos la narración es desviada hacia cuantos, narraciones, recits, que escapan de ese narrador y que demuestran en toda su potencia las posibilidades inventivas de ese lenguaje… sin embargo, como en muchas buenas ficciones, la aparición de ese narrador no es gratuita sino que obedece a un propósito, y una de los mejores elementos de esa novela es ver como ese narrador pasa lentamente de artificio lingüístico/literario necesario a una identidad propia ajena a todos los demás personajes y que sin embargo es parte de la resolución final. Un buen libro, en suma, de los que aparecen de vez en cuando y sin ser obra maestra muestran un nuevo camino a seguir en el futuro. Antes de acabar, una nota molesta: en mi opinión el máximo grado de dicha que puede alcanzar un texto traducido es que el traductor permanezca invisible todo el tiempo a menos que el lector se digne mirarlo directamente o que tenga necesariamente que intervenir. Así que me enfurece bastante la grosería de encontrarme una N. T en medio de un párrafo. ¿Qué tiene de malo las notas a pie de página? A mí como lector me encantan, porque la decisión de leerlas o no es mía (siempre las leo, pero aún me queda el poder de decidir) mientras que este libro hace gala de un curioso método de interrupción en el que las notas están diseminadas por el texto como quistes. No es que no me gusten los puntos que aclaran (mayormente referencias culturales ajenas al español) ni dejo de reconocer el mérito de una traducción como esta, pero aún así me parecen pequeños atentados a la atención del lector que irrumpen en medio de la lectura y mutilan el texto. Se puede aducir que las notas al pie desvían también la atención, pero aún así me parecen mejor solución que esto. © Xavier Riesco Riquelme 2002 Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.
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