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Viaje a un planeta Wu-Wei
Gabriel Bermúdez Castillo Un libro curioso que marcó una época en la ciencia ficción española. Demencial, irónico, aventurero, misterioso, mágico y en ocasiones decididamente zen. Un paseo por un mundo en el que es mejor no hacer nada porque... bueno, las cosas tienen la manía de suceder por sí mismas. Sergio Armstrong es un terrorista político exiliado de la ultratecnificada e hiperreglamentada Ciudad que va a parar a una Tierra habitada por unos salvajes que hacen que el neolítico inferior parezca un Renacimiento. Bueno, al menos eso parece en un principio, porque, aunque nunca se dice claramente hasta el final (pero cualquier lector adivina enseguida), Sergio tiene una agenda y motivaciones propias bastante complejas. Y los salvajes, pese a las opiniones del docto profesor Gingagong al respecto, son también otra fuente inagotable de sorpresas, filosofía vital y faltas de ortografía. Así, a grandes rasgos y sin entrar en profundidades, es como comienza Viaje a un planeta Wu-Wei. Bermúdez propone un libro que funciona de una manera muy simple pero que utiliza algún artilugio complejo, como medio para desconcertar continuamente al lector (o todo lo posible). Para empezar, el esquema del libro es simple como una novela clásica de Jack Vance: el protagonista está (más o menos) varado en el punto A y tiene que ir al punto B. En el camino hará un desvío motivado por los hados al punto C, pasará por el D, tendrá un lío en E y problemas graves en el F. Ésta es una fórmula honrosa, honorable, antigua y de éxito comprobado desde los tiempos de los poetas esclavos ciegos y que continua vigente aún en la actualidad. Casi todas las grandes historias hablan de ir desde A hasta B (aunque estén dentro de la cabeza del protagonista si tienen la mala fortuna de ser ruso o francés). Donde Bermúdez hace un punto y aparte es en el uso de un humor socarrón, escatológico a veces (muy adelantado a la época en la que se escribió el libro, insinúan algunos), “erotismo bizarro” (citando el prólogo) y una sensación general de estar usando como obras de referencia, al mismo tiempo, tanto el Amadis de Gaula (por poner un ejemplo) como el Lazarillo de Tormes. La alta épica medieval al servicio del chiste de taberna, con bastante éxito por parte de Bermúdez. La misma fórmula que usaría luego el autor en El señor de la rueda, otra obra de similares características. De hecho, para mí es ahí donde radica el encanto de este libro exagerado y malicioso, en la forma que tiene de dispararse a un lado y a otro cuando al autor le viene en gana. Lo que comienza como una parodia postapocalíptica de repente se convierte en un western con la irrupción del fusil de pólvora y bandoleros a juego. Y cuando nos hemos acostumbrados al ambiente de película del oeste (de Sam Peckinpah a juzgar por lo bestia del asunto) y bandoleros de la sierra, es cuando el héroe se convierte en caballero y llega al castillo del poderoso mago (literalmente), donde se horroriza frente a los poderosos encantamientos y las presencias de súcubos y entidades demoniacas. Así, tal cual. Y cuando creía que se iba a quedar ahí, va Bermúdez y le monta a su héroe una expedición al África en el más puro plan Henry Rider Haggard: Peligros desconocidos, vicisitudes y fauna hostil. Bueno, si hasta sale Ella. Tal cual, otra vez. Y así un par de veces más. Variando el registro sin variar el modo (socarrón y cínico y con cierto encanto arcaico si se le deja hacer al autor) para disfrute del lector. Hasta que el héroe llega por fin a B (ayudado por unos cuantos compañeros más o menos fieles) y entonces llega el momento de las revelaciones finales sobre la naturaleza del mundo en el que viven los personajes, la propia naturaleza del héroe y algo más de propina. Aparte de los métodos anteriormente citados, Bermúdez usa con especial sorna documentos extra-narrativos, como los periódicos del Manchurri (impresos íntegramente con faltas de ortografía para dar sabor local), el mapa del Capitán Grotton del mundo (que en un momento el lector atribuye a la incomprensión geográfica y luego resulta que no, que el capitán sabia lo que hacía) o el pacto con las potencias infernales autógrafo del héroe y el mago Herder. La verdad, es que, considerándolo todo en un conjunto, este es un libro que tiene bastante gracia, aún se lee bien y resulta más formidable cuando uno piensa en la sociedad que lo vio aparecer, la España de 1976. Recomendable y divertido. © Xavier Riesco Riquelme 2002 Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.
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